martes, 11 de enero de 2011

EL PARAGUAS

Me dirigía al centro de la ciudad. El aire pesado presagiaba lluvia. En silencio, me reprochaba no haber tomado un paraguas, conforme veía que las nubes opacaban el cielo. Daba la impresión de que de un momento a otro las nubes se abrirían de golpe soltando su carga; pero pasaron unos minutos y no se puso a llover. Anduve por aquí y por allá ocupada en mis asuntos, y luego me dirigí de vuelta a casa.

En el paso a nivel se me terminó la suerte. Mientras esperaba a que terminara de pasar el tren empezaron a caer goterones. Una señal luminosa anunciaba que serían tres los trenes. Tendría que quedarme cinco minutos en la lluvia. Los que me rodeaban se refugiaron bajo sus paraguas.

«Típico», pensé. Resolví no dejar que me afectara, porque no era la primera vez que me sucedía. No necesariamente en las mismas circunstancias, pero igual de desprevenida. En cada una de esas ocasiones puse una fachada de suma indiferencia a las miradas ajenas, y ahora, a la lluvia, como diciendo: «Pues sí; ¡me gusta mojarme!» Tal vez la próxima vez me pondría un letrero.

Una señora de edad mediana se acercó y se quedó parada a mi lado. No tenía nada de particular, y me habría pasado desapercibida si no hubiera sido por lo que pasó a continuación. Mientras estaba junto a mí, sostuvo en silencio el paraguas sobre las dos. Sorprendida, abandoné mi fingida indiferencia al mal tiempo y le di las gracias efusivamente. Me sonrió sin pronunciar palabra. No supe qué más decir. Pero mientras esperábamos, me di cuenta de que no tenía que decir nada. La señora era una de esas personas que no se lo piensan dos veces para hacer una buena acción. Cruzamos juntas las vías, y nos fuimos cada una por nuestro lado.

Ha pasado el tiempo y he tenido oportunidades de elegir entre auxiliar a los demás y dejar que pase la oportunidad de manifestarles el amor de Dios, como cuando me ayudó aquella señora. Por ejemplo, ofrecer mi asiento en el tren. Ayudar a una madre a subir el cochecito de su bebé al piso de arriba. Pequeños detalles. Y cuando me ha tentado la idea de que no tiene caso ser amable con extraños, he encontrado un buen motivo en el recuerdo de la amable señora que compartió su paraguas conmigo.

Algo más importante: he comprobado que cada paso, acto y palabra, por pequeños que parezcan, pueden descubrir un mundo de bondad para quienes me rodean. ¿No lo parece? ¿Qué diferencia haría? Pues bien, estoy segura de que aquella señora olvidó hace mucho el gesto amable que tuvo años atrás con una chiquilla que se mojaba. El recuerdo se le quedó perdido entre los muchos actos de bondad que sin duda realizó desde entonces. Pero yo jamás lo olvidaré.